“Desde la Cruz de Cristo aprendemos el amor, no el odio; aprendemos la compasión, no la indiferencia; aprendemos el perdón, no la venganza. Los brazos extendidos de Jesús son el tierno abrazo con el que Dios quiere acogernos”. Estas palabras resonaron en la Plaza de la Expo de Nur Sultán, este miércoles 14 de septiembre, donde miles de fieles católicos, más de  6 mil, venidos incluso de otros países de Asia Central se congregaron para celebrar la Santa Misa en la Fiesta de la Exaltación de la Cruz, presidida por el Papa Francisco, la primera en este 38° Viaje apostólico a Kazajistán.

A las 5 de la tarde, se dio inicio a la celebración eucarística en latín y en ruso. En un altar remontado por una inmensa pero sencilla cruz de madera tallada con la imágen de Jesucristo,  el Pontífice abrió su homilía admitiendo que, si bien “la cruz es un patíbulo de muerte, celebramos la exaltación de la Cruz, porque “sobre ese leño Jesús ha tomado sobre sí nuestro pecado y el mal del mundo, y los ha vencido con su amor”. Luego, el Santo Padre se inspira en la lectura del Antiguo Testamento de hoy que narra el ataque de las serpientes que muerden al pueblo de Israel, que abrumado por el viaje en el desierto hacia la tierra prometida, se queja, murmura contra Dios, pierde su confianza en Él y en su promesa.

Las serpientes que matan

 “No es casual que, agotándose la confianza en Dios, el pueblo sea mordido por las serpientes que matan. Estas hacen recordar la primera serpiente de la que habla la Biblia en el libro del Génesis, el tentador que envenena el corazón del hombre para hacerlo dudar de Dios”.

Una trampa del diablo que en forma de serpiente tienta a Adán y Eva, engendra su desconfianza en Dios, así como las “serpientes abrasadoras” se vuelcan sobre los israelitas que murmuran y se rebelan “contra Aquel que les dio la vida y van al encuentro de la muerte”, porque “hasta ahí – asegura Francisco – lleva la desconfianza del corazón”. Una desconfianza que nos lleva a mirar, como pide Francisco, a la propia historia personal, a todas las veces que “desalentados o intolerantes nos hemos marchitado en nuestros desiertos, perdiendo de vista la meta del camino”.

Las serpientes de la desconfianza

Un desierto que como el que cubre una buena parte del “esplendido paisaje” de la tierra kazaja, subraya el Papa, habla también de fatiga y de aridez, incluso de corazón.

Son los momentos de cansancio y de prueba, en los que ya no tenemos fuerzas para levantar la mirada hacia Dios; son las situaciones de la vida personal, eclesial y social en las que nos muerde la serpiente de la desconfianza, que inyecta en nosotros los venenos de la desilusión y del desaliento, del pesimismo y de la resignación, encerrándonos en nuestro “yo”, apagando nuestro entusiasmo”.

Las serpientes de la violencia

El Santo Padre vuelve a mencionar la historia de Kazajistán, en la que “no han faltado otras mordeduras dolorosas”.

“Pienso en las serpientes abrasadoras de la violencia, de la persecución atea; en un camino a veces tortuoso durante el cual la libertad del pueblo fue amenazada, y su dignidad herida”.

Una historia de sufrimiento, de oscuridades, que no hay que eliminar de la memoria como si fueran “agua pasada” porque, indica Francisco, “la paz nunca se consigue de una vez por todas, se conquista cada día, del mismo modo que la convivencia entre las etnias y las tradiciones religiosas, el desarrollo integral y la justicia social”. La paz que para Kazajistán significa diálogo, comprensión, compromiso y – como dijo Juan Pablo II en su visita al país centroasiático –  para “construir puentes” de cooperación solidaria con otros pueblos, naciones y culturas.

La serpiente que salva

El Sucesor de Pedro vuelve al pasaje bíblico pero esta vez para hablar de la serpiente que salva, la que Dios sugirió a Moisés para salvar a su pueblo, la serpiente de bronce que, clavada sobre una asta, salvaría del veneno a quien la mirara. Dios no destruye directamente las serpientes venenosas porque en su forma de actuar contra el mal, el pecado y la desconfianza, explica el Pontífice, desde siempre, “Dios no destruye las bajezas que el hombre sigue libremente”, las serpientes quedan, pero algo cambia radicalmente:

“Ha llegado a nosotros la serpiente que salva: Jesús, que, elevado sobre el mástil de la cruz, no permite que las serpientes venenosas que nos acechan nos conduzcan a la muerte. Ante nuestras bajezas, Dios nos da una nueva estatura; si tenemos la mirada puesta en Jesús, las mordeduras del mal no pueden ya dominarnos, porque Él, en la cruz, ha tomado sobre sí el veneno del pecado y de la muerte, y ha derrotado su poder destructivo”.

Mirar a Jesús crucificado

Francisco reitera que Dios Padre, ante la difusión del mal en el mundo nos ha dado a Jesús, que “se ha hecho cercano a nosotros”, que se ha “identificado con el pecado” en favor nuestro, que sobre la cruz “se ha hecho serpiente” para que, “mirándolo a Él, podamos resistir las mordeduras venenosas de las serpientes malignas que nos atacan”. “Este es el camino, el camino de nuestra salvación, de nuestro renacimiento y resurrección: mirar a Jesús crucificado”, insistió el Papa.

Desde la Cruz de Cristo aprendemos el amor, no el odio; aprendemos la compasión, no la indiferencia; aprendemos el perdón, no la venganza. Los brazos extendidos de Jesús son el tierno abrazo con el que Dios quiere acogernos. Y nos muestran la fraternidad que estamos llamados a vivir entre nosotros y con todos

Del amor sin condiciones ni peros

El camino de la cruz, del cristiano, no es “el de la imposición y la coacción, del poder o de la relevancia”, sino el camino de Jesús que es salvación, “amor humilde, gratuito y universal, sin condiciones, ni peros”.  

Sí, porque Cristo, sobre el leño de la cruz, ha extraído el veneno a la serpiente del mal, y ser cristianos significa vivir sin venenos. Es decir, no mordernos entre nosotros, no murmurar, no acusar, no chismorrear, no difundir maldades, no contaminar el mundo con el pecado y con la desconfianza que vienen del Maligno”.

El Santo Padre concluyó su homilía con una invitación a mirar nuevamente el “costado abierto de Jesús en la cruz” para que no allá más veneno entre nosotros y que “con la gracia de Dios podamos ser cada vez más cristianos, testigos alegres de la vida nueva, del amor y de la paz”.

Una bendición por la unidad y la paz

Al final de la misa, el Arzobispo Metropolitano de la Archidiócesis de María Santísima en Astana, monseñor Tomash Bernard Peta, dirigió un caluroso saludo, en kazajo y en ruso, al Papa para agradecer su visita y pedir su bendición para Kazajistán y Asia Central, para que todos los pueblos vivan en paz y unidad. También al dirigirse a la Madre de Jesús, monseñor Peta recordó que en el santuario nacional de la Reina de la Paz en Ozyornoye, en la colina de Ahimbetau, hay una gran cruz con esta inscripción-oración:

“A Dios – honor; A los hombres – la paz; A los mártires – el reino de Dios; Al pueblo de Kazajstán: gratitud; A Kazajistán – prosperidad”, concluyó el arzobispo metropolitano, no son antes reiterar su pedido al Papa de bendecir al pueblo kazajo y centroasiático.

Fuente: Vatican News

Por CEP

Conferencia Episcopal Paraguaya

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