¡Feliz día internacional de la Mujer!

Para la humanidad como para la Iglesia es día de reconocimiento y de gratitud a nuestras madres, tías, hermanas e hijas. En nuestras parroquias y comunidades cristianas agradecemos a Dios, en la Eucaristía, por el don de la Mujer. En la celebración de la muerte y resurrección gloriosa de Jesucristo compartimos alegrías y tristezas, gozos y esperanzas vislumbrando nuevos cielos y nuevas tierras donde germine la justicia y la paz, haciendo germinar las mejores expresiones de la oración, desde el perdón y la reconciliación a la acción de gracias y la alabanza, tan necesarias para el caminar de nuestra historia. En esta tarea espiritual tan trascendente la Mujer tiene un protagonismo único, ella es agradecida por ser la formadora de nuevas generaciones en las dimensiones de toda persona, humana y espiritual.

Al celebrar el día internacional de la Mujer nos alegra destacar las virtudes promovidas por el mundo femenino, como son la vida, el amor, el sacrificio generoso, la libertad y la justicia, la fe y la esperanza, mediante la educación y las  experiencias de las relaciones humanas. Las madres que engendran la vida y mantienen unidas a las generaciones son tan preciosas y  reconocidas por el cariño entrañable de los hijos e hijas en cada hogar. Las solteras que han hecho un don de sí en el cuidado de sus padres ancianos o enfermos son ejemplos de caridad, a igual de las consagradas en la vida religiosa, llamadas Hermanas, han hecho una opción radical de vivir al servicio de todos, especialmente de los más carenciados y pobres, a imitación de Jesús. Todas ellas reciben la admiración y la alabanza por sus vidas y su testimonio. Derriban muros de la indiferencia para construir puentes de encuentro y cercanía en los niveles de la vida social, cultural y religiosa.

También compartimos las angustias y tristezas por las situaciones de sufrimiento, marginación, explotación que experimentan muchas  mujeres de nuestra sociedad y de nuestra Iglesia. Les pedimos perdón por las ofensas y pecados cometidos, por la violencia intra familiar y por los diversos episodios de violencia sexual y cultural. Creemos que nuestro Padre Dios derrama lágrimas al ver a sus hijas abusadas y maltratadas. Esas lágrimas  son para nosotros varones, un llamado muy fuerte a un cambio de mentalidad y de trato. No más mujeres que sufran atropellos a su dignidad, no más explotación y comercio sexual, no más violencia hacia alguna mujer.

La Iglesia, siguiendo a su Maestro Jesús,  camino, verdad y vida, aprende de Él a defender la vocación y la misión de cada mujer, superando errores y descuidos del pasado,  enseñando a que todo nuestro cuerpo es templo sagrado del Espíritu santo, y como personas, mediante el cuerpo humano, somos imagen y semejanza divina.

La Pastoral de la Iglesia y su vida cristiana está sostenida por la fe viva de tantas mujeres, de nuestras madres quienes nos muestran su vocación  de formadoras de personas dignas, en el ejemplo de María Santísima educadora de su Hijo Jesús. Gracias por ser don de Dios y salvaguarda de la creación.

A todas ellas nuestra gratitud, admiración y nuestras humildes oraciones.

 

+Edmundo Valenzuela, sdb
Arzobispo de la Santísima Asunción

Por CEP

Conferencia Episcopal Paraguaya

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